Las emociones como forma corporizada de la violencia contra las mujeres en ciudades turísticas: un estudio de caso

Erika Cruz Coria[1]

 

Resumen: La violencia de género opera a diferentes escalas del cuerpo de las mujeres, de tal forma que no sólo controla y limita sus prácticas y “formas de estar” en el espacio público a través de la violencia directa, sino también mediante sus experiencias subjetivas y sensoriales. La experiencia emocional corporizada se aborda en este trabajo como ese “lugar” donde también se encarna la violencia como una manifestación de poder sexualizado. El objetivo es analizar las experiencias corporizadas de violencia que experimentan las que habitan en la ciudad turística de Mazatlán, Sinaloa. Se retoman las aportaciones de Jaggar (1992) y Sabido (2020) con relación a la hegemonía emocional y la memoria sensorial como herramientas teórico-metodológicas que permiten comprender las experiencias emocionales corporizadas de las mujeres. A través de un mapeo corporal bajo la modalidad de taller en el que participaron 20 mujeres de entre 18 y 24 años, se exploró la relación violencia, cuerpo, emocionalidad y espacialidad. Esta metodología fue complementada con cuatro grupos de enfoque en los que participaron aproximadamente 24 mujeres del mismo rango de edad. Analizar las experiencias corporizadas de violencia en los espacios turísticos permitió observar que este fenómeno va más allá de un daño físico, para reconocerlo como un ejercicio de poder prologando que se alberga en el cuerpo (de las mujeres) y se vivifica a través de la memoria sensorial. 

Palabras clave: emociones, memoria sensorial, turismo, mujeres, violencia, experiencia corporizada. 

Son diversas las autorías que enfatizan en las emociones corporizadas como elementos que interpelan el trabajo de quienes investigan. Incluso han comenzado a surgir algunas aportaciones relacionadas con la “gestión de las emociones” durante el desarrollo de investigaciones (García y Ruiz, 2021). Sin embargo, este trabajo se interesa más por las experiencias corporizadas de quienes son investigadas (y con quienes se investiga) como herramientas cognitivas a partir de las cuales se pueden producir conocimientos encarnados y situados que reflejan las vivencias, cosmovisiones y habitares que atraviesan, en este caso, las experiencias de violencia contra las mujeres en los espacios públicos turísticos.

Las ciudades en las que el turismo juega un papel preponderante en su dinámica económica se integran en un modelo de ciudad conformada —parcialmente— por espacios agradables, cómodos y seguros que priorizan la experiencia de un turista nacional e internacional (del género masculino heteropatriarcal), pero que como muchas otras reproducen numerosas formas de desigualdad y violencias directas y urbanas que dificultan la irrupción en el espacio público, sobre todo, de los grupos vulnerables, tales como mujeres, infancias, integrantes de la comunidad LGBT+, entre otros.

Las ciudades siguen siendo espacios mayoritariamente masculinos; sin embargo, el predominio del turismo hace de ciertas áreas de esparcimiento, espacios donde la violencia contra las mujeres (vlcm) es altamente tolerada, normalizada e incluso promovida, principalmente, por quienes detentan la organización de la oferta turística. Como ejercicio de poder masculino en el espacio público, la violencia opera en diferentes escalas del cuerpo de las mujeres, de tal forma que no sólo controla y limita sus prácticas (uso tránsito, disfrute) y “formas de estar” en el espacio público a través de la violencia directa (corporal), sino mediante sus experiencias cognitivas, subjetivas y sensoriales.

En este sentido, el objetivo es analizar las experiencias corporizadas de violencia que experimentan las mujeres que habitan en la ciudad turística de Mazatlán, Sinaloa. Localizada en el Pacífico mexicano, el área turística de esta ciudad se extiende de norte a sur sobre la franja costera; se conforma por cinco zonas turísticas dispuestas de manera contigua unas con otras a lo largo de los 21 kilómetros de costa que, en conjunto, constituyen un importante espacio de diversión no sólo para quienes visitan la ciudad, sino también para sus habitantes.

Para el abordaje de las experiencias corporizadas de las mujeres que habitan esta ciudad, se retoman las aportaciones de Jaggar (1992) y Sabido (2020) con relación a la hegemonía emocional y la memoria sensorial como herramientas teórico-metodológicas que permiten comprender las experiencias emocionales corporizadas de las mujeres. A través de un mapeo corporal (mc) bajo la modalidad de taller en el que participaron 20 mujeres de entre 18 y 24 años, se exploró la relación violencia, cuerpo, emocionalidad y espacialidad. En este trabajo se recuperan las experiencias de las mujeres que habitan la ciudad por considerar que ellas son quienes pueden contribuir a explicar la violencia contra las mujeres en el espacio público desde “la continuidad y la experiencia encarnada” (Carrasco, 2019, p. 86).

Asimismo, esta metodología fue complementada con cuatro grupos de enfoque en los que participaron aproximadamente 24 mujeres del mismo rango de edad. El conocimiento generado por las participantes por medio de ambas metodologías permitió distinguir que detrás de sus experiencias se encuentran emociones como el miedo, el asco, la ansiedad y la incomodidad, derivadas de múltiples violencias sexuales.

Olas Altas es la zona turística de la ciudad donde las participantes sitúan de manera dominante sus experiencias emocionales corporizadas. El modelo de ocio nocturno que ahí se desarrolla coloca esta zona como altamente violenta, de acuerdo con lo mencionado por las participantes en este trabajo de investigación.

1.  El cuerpo y las emociones en el estudio de la violencia contra las mujeres en espacios turísticos

De manera particular, la epistemología feminista ha cuestionado el sesgo androcéntrico y sexista que permea la forma de conocer y organizar la realidad en el quehacer científico (Blázquez, 2010); además de la forma clásica en que se privilegia la generación de conocimiento objetivo y universal, y se rechaza cualquier pretensión de empirismo contextual capaz de mirar las condiciones sociales desde las cuales puede producirse conocimiento.

De ahí que las pretensiones de objetividad de la producción científica hegemónica son puestas en entredicho al promover una objetividad encarnada y un conocimiento situado (Haraway, 1995) que permiten reivindicar las experiencias materiales, subjetivas, emotivas y afectivas como fuentes de conocimiento. Al cuestionar las dicotomías (hombre-mujer, mente-cuerpo, público-privado y razón-emoción) predominantes en las ideas puristas, objetivas y cartesianas de las corrientes de pensamiento tradicional, la epistemología y las teorías feministas han contribuido al “giro afectivo” en las ciencias sociales al establecer las bases para reconocer el potencial de construcción de conocimiento a partir de la comprensión del cuerpo y las emociones como recursos empíricos, en este caso, de mujeres y voces subalternas (López, 2014; Enciso y Lara, 2014).

Aunque el “giro afectivo”, como proyecto destinado a cuestionar la dicotomía emociones/razón, contribuyó de manera determinante a indagar formas alternativas de acercarse a la dimensión afectiva de los sujetos de estudio, los estudios feministas también han ocupado un puesto de primer orden en la forma de pensar y teorizar el cuerpo en articulación con las emociones y los afectos a través de la experiencia desde finales del siglo xx (Ahmed, 2014). Esta corriente de pensamiento se acerca a las subjetividades mediante la experiencia, pero sin privilegiar la vivencia emocional individual (en sí misma), sino las narrativas personales convertidas en historias comunes, las cuales permiten explicar el punto de vista de las mujeres (Harding, 2010), que remiten a un objeto colectivo que es de suma importancia para las ciencias sociales.

Desde la teoría feminista, son diversas las aportaciones que abordan el cuerpo y la emocionalidad como construcciones sociales (Harding, 1996; Jaggar, 1992; Lutz, 1996) y no como “reacciones” del cuerpo que remiten a una postura teórica biologicista.[2] Desde este enfoque, las emociones son de naturaleza fundamentalmente relacional, cognoscitiva y social; por tanto, “una emoción se experimenta como un sentimiento que motiva, organiza y guía la percepción, el pensamiento y la acción (Izard, 1991, p. 14). Son construcciones sociales individuales y colectivas que se reproducen en forma de experiencias encarnadas, a partir de las cuales se emiten juicios frente a personas o eventos específicos (Mehta y Bondi, 1999). Y desde la perspectiva relacional, las emociones suponen un intercambio de efectos que llevan implícita una mutua afectación de las partes siguiendo el principio de “influir y ser influido” (Simmel, 2014, p. 212). De acuerdo con Sabido (2020), dicho intercambio puede adoptar formas simétricas o asimétricas que pueden implicar diferentes grados de consenso/conflicto, subordinación/resistencia, desagrado/placer, sacrificio/goce, entre otros.     

Lo anterior, brinda la posibilidad de pensar los intercambios emocionales (simétricos o asimétricos) desde la perspectiva de género. Los hombres son quienes por su cuerpo heredan el poder, pero además lo van construyendo, reproduciendo y ejerciendo activamente contra las mujeres, contra otros hombres y contra sí mismos (Kaufman, 1989), de tal forma que las emociones son un campo donde el ejercicio de la masculinidad hegemónica se ejerce, en este caso, no sólo sobre la materialidad de los cuerpos de las mujeres, sino sobre su subjetividad a través de una serie de expectativas y normas sociales en torno a cómo deben comportarse o sentirse en su práctica de habitar espacios tradicionalmente dominados por los hombres, tal es el caso del espacio público. 

1.1 Herramientas para la comprensión de la experiencia emocional corporizada en espacios turísticos como contextos de vclm

Aunque para las conocidas concepciones teóricas feministas, el cuerpo es visto como un territorio invadido por las múltiples estrategias de dominio patriarcal, su estudio desde el “punto de vista de las mujeres” (Harding, 2010) nos acerca a la encarnación de esas múltiples formas de control y subordinación que se efectúan desde un aquí espacial y un ahora temporal y, por supuesto, desde su pertenencia a ciertos grupos sociales y a su capacidad de agencia para elegir y tejer acciones propositivas. Valdría la pena rescatar el planteamiento de Merleau-Ponty (1984), quien reconoce que lo externo se encarna en el sujeto y se inscribe en el cuerpo mediante su percepción, de tal forma que el mundo externo encuentra una relación de implicación recíproca con el cuerpo de quienes se estudia (Merleau-Ponty citado por Lindón, 2017).  

Para Jaggar (1992), las emociones no sólo han sido colocadas en una oposición dicotómica a lo racional, también han estado invariablemente asociadas a los grupos subordinados (personas de color, mujeres, infancias); de esta manera, las emociones pueden funcionar para consolidar, restringir y subordinar categorías de sujetos dentro de posicionamientos binarios o ejercer diversas formas de opresión y violencia. Lejos de reproducir la idea de la emocionalidad femenina como característica de debilidad o sensibilidad, en este trabajo se observan las emociones corporizadas como un sistema cognitivo integrado por juicios, valoraciones, actitudes, formas específicas de aprehender el mundo, permeadas por las expresiones sociales y culturales de un tejido social específico atravesado por la intersección de múltiples variables sociales (género, raza, clase social, sexualidad, edad, entre otros) y en condiciones espacio-temporales específicas, que pueden dar cuenta de las desigualdades y las violencias que experimentan las mujeres en relación con sus vivencias del mundo exterior. 

Si bien, se reconocen las diversas formas de controlar y someter los cuerpos de las mujeres en contextos sociales de desigualdad, se visualiza la violencia como un mecanismo más de ejercicio de poder sobre los cuerpos y la emocionalidad de las mujeres. La experiencia emocional corporizada es ese “lugar” donde se encarna la violencia contra las mujeres como 

una manifestación de poder sexualizado […] incluyendo todos los tipos de violencia que puede recibir una mujer por el simple hecho de serlo, este comportamiento, está anclado a aspectos culturales y de socialización que son naturalizados y se puede presentar en cualquier etapa del ciclo de vida de las mujeres, tanto en el espacio público como en el privado. (Saucedo, 2011, p. 35)[3] 

Aunque en este trabajo es relevante la visión tradicional de considerar la violencia como un acto, interesa también como una experiencia, es decir, como vivencias corporizadas en su dimensión socioespacial. Si bien, Bufacchi y Gilson (2016) no analizan la dimensión espacial de la violencia, sí proponen centrar la mirada más allá del acto y enfatizan en esta como una experiencia que, en términos temporales, es imprecisa, con límites amplios y poco claros por tratarse de un acontecimiento social. Para estos autores, analizar la violencia únicamente como un acto tiene implicaciones y restricciones sobre la compresión del fenómeno, no sólo por sus restricciones temporales que remiten a un acto específico en el tiempo, sino porque reduce la mirada al perpetrador y su intencionalidad.

La comprensión de la violencia como experiencia permite transitar del punto de vista del agresor al de la víctima o sobreviviente; de esta manera, es posible apreciar que la violencia no sólo es el(los) daño(s) que causa(n) un(os) agresor(es) en el acto, sino que persiste más allá del mismo; es decir, permanece en la memoria corporal de las víctimas, en sus rutinas y, en general, en sus experiencias que perciben el daño en sus cuerpos desde su contexto social.

De acuerdo con Pastor (2001), la violencia sobre el cuerpo de las mujeres (y en general de los cuerpos feminizados) se inscribe de múltiples formas (asesinato, violación, golpes, mutilación e incluso humillación, manipulación, exclusión o explotación) a través de manifestaciones físicas, sexuales, verbales y psicológicas. Detrás de esta diversidad de agresiones subyace el poder y la dominación masculina, recursos que se ejercen sobre la materialidad, pero también sobre la subjetividad de sus cuerpos; de esta forma, se puede afirmar que las emociones también son objeto de este sistema de poder y dominación que apoyan en el mantenimiento de las desigualdades de género. Por ejemplo, a nivel microindividual, la violencia —a través del miedo— se sitúa sobre las emociones para mantener a las mujeres dentro de las estructuras de dominación (subjetiva) y poder masculino (Jaggar citada por Harding y Pribram, 2002).

Para comprender la compleja relación entre las emociones, el cuerpo y la vclm en los espacios turísticos, se retoman algunas categorías y herramienta metodológicas que se plantean a continuación. Para Jaggar (2015), estamos ante un proceso de hegemonía emocional, en el que formas particulares de emoción y sus reglas de expresión han contribuido al mantenimiento de determinadas relaciones de poder; en este caso, a las relaciones desiguales de poder entre los géneros. Esta categoría pone en evidencia el proceso de interiorización del lenguaje emocional por el cual las mujeres internalizan formas de emoción dominantes que sirven para perpetuar el poder masculino. En este sentido, se visualizan algunas emociones, tales como el miedo, la inseguridad, el temor, la ansiedad, entre otros, que son respuestas emocionales naturalizadas ante las diferentes formas de vclm, mismas que dificultan “sentir” otras (tales como la ira, rabia, enojo) que —cuando se hacen colectivas o son compartidas o validadas por otras mujeres— les permitan la construcción de respuestas político-emocionales o acciones de resistencia ante situaciones injustas. A estas emociones, Jaggar las denomina emociones feministas (1992).  

La hegemonía emocional no es total (Jaggar, 2015). Por ello, esta autora hace referencia a las emociones proscritas (outlaw emotions) como aquellas que se encuentran fuera de la norma o que se alejan de las percepciones o los valores dominantes. Estas formas de sentir son más propensas a surgir entre los grupos subordinados (p.ej., personas de color o mujeres). Por ejemplo, la ira, la rabia, el enojo o el dolor ocupan un lugar central en los estudios feministas. Desde una perspectiva hegemónica, son consideradas como emociones “bajas o negativas” por ser emociones que amenazan el orden social existente, pues se les atribuye un alto potencial político, movilizador y transgresor (Dauder-García y Guzmán, 2024; Núñez y Peña, 2024). 

En este trabajo de investigación interesan las respuestas emocionales ante las formas de vclm, pero también las afectaciones y reacciones físicas; es decir, los efectos que producen los intercambios entre el cuerpo y su sentir. En este sentido, la memoria sensorial es una elaboración reflexiva tanto corporal como emocional que nos permite recordar o recuperar acciones, hechos, olores, momentos, lugares, espacios, sensaciones o situaciones. De ahí que, la memoria sensorial no sólo debe ser entendida como un proceso puramente mentalista, sino también corporal que, a través de relatos o narrativas, evoca emociones y sentimientos que de alguna manera afectan al cuerpo (Sabino, 2020). 

En este contexto, los espacios en la ciudad y las experiencias emocionales corporizadas se coproducen; es decir, las ciudades orientan las experiencias emocionales del cuerpo y sus sensaciones, al mismo tiempo que son escenario de múltiples formas de vclm y, a la vez, contribuyen a la conformación de dichas experiencias.

Este trabajo emerge de un proceso de investigación de largo plazo que ha buscado analizar las violencias que experimentan las mujeres en diversas ciudades turísticas del país desde un enfoque multidimensional. Se presenta, particularmente, un análisis exploratorio de las experiencias emocionales de las mujeres que habitan en la ciudad turística de Mazatlán, Sinaloa, como formas corporizadas de vivenciar la vclm en los espacios que priorizan la experiencia turística. Se trata de una investigación de tipo interpretativa. La obtención de los datos deriva de un diseño longitudinal con diversas muestras, cuya unidad de análisis estuvo conformada por mujeres de entre 18 y 24 años[4] consideradas como residentes.

En este trabajo se recuperan las experiencias de las mujeres que habitan la ciudad por considerar que son ellas quienes pueden contribuir a explicar la violencia desde la cotidianidad y no desde fugacidad de la permanencia como lo hacen los y las turistas que visitan un destino. Elegir un rango de edad en las participantes permitió mantener una homogeneidad relativa en las narrativas en torno a la violencia. Se considera que a los 18 años  de edad el espacio público comienza a ser incorporado en las actividades diarias de una persona. Finalmente, las experiencias emocionales corporizadas constituyen el principal recurso empírico de esta investigación, para acercarse a dichas experiencias fueron utilizados dos procesos metodológicos: el mapeo corporal (mc) y los grupos de enfoque.

El mc es una metodología crítica y reflexiva que, a través de datos visuales y textuales, permite un proceso de reflexión personal y colectivo en torno a la afectación emocional y corporal (sensorial) que generan las experiencias de violencia en el espacio público. Para algunas autorías (Jager et al., 2016; Sweet y Ortiz, 2014), la elaboración de mapas corporales ofrece acceso a información que de otra manera podría ser ignorada; particularmente, resulta útil para comprender la experiencia encarnada a partir de datos visuales. Aunque es una metodología cuya aplicación da lugar al reconocimiento de una amplia gama de emociones corporizadas desde una mirada interseccional; en este caso, el género constituye la principal categoría desde la cual se generan los datos.[5] La aplicación de esta metodología se llevó a cabo durante el mes de marzo de 2024 a dos grupos de 10 mujeres. Todas las participantes se conocían entre sí, lo cual facilitó el abordaje del cuerpo/emocionalidad y, particularmente, de las experiencias personales de violencia en el espacio público. La aplicación del mc adoptó la forma de un taller con una duración aproximada de tres horas y estuvo integrado por tres momentos:

·       En un primer momento, como instructora solicité a las participantes nombrar las diferentes emociones que experimentan en la vida cotidiana y, por otra parte, las zonas y espacios turísticos de la ciudad donde desarrollan su cotidianidad; ambas contribuciones fueron registradas en papel rotafolio para que quedaran a la vista de todas.

·       En el segundo, les pedí que registraran en un papel rotafolio la silueta (frente y trasera) de una de las integrantes del grupo, al tiempo que se dieron a la tarea de intervenir la figura (cabello, ropa, aretes, tatuajes, maquillaje, entre otros elementos), con la finalidad de colocarlas en un estado de reconocimiento individual y colectivo de su cuerpo. En esta segunda etapa de la metodología se exploraron las emociones, su corporalidad y la intersección con su experiencia de transitar, disfrutar, trabajar o permanecer en los espacios turísticos (figura 1).

·       Finalmente, la metodología se orientó hacia la identificación de las emociones corporizadas con relación a las violencias (directas y urbanas) que experimentan en los espacios turísticos; estos últimos momentos se llevaron a cabo a través preguntas detonadoras[6] que tuvieron la finalidad de activar la memoria sensorial para: a) identificar las emociones dominantes, b) identificar las emociones proscritas y c) las sensaciones de la violencia en el cuerpo.[7]

De acuerdo con Tarr y Thomas (2011), el mc debe usarse con otros métodos para fortalecer la credibilidad y confiabilidad de los resultados. Los datos visuales generados en los mc fueron complementados con el desarrollo de cuatro grupos de enfoque, en los que participaron 24 mujeres divididas en diferentes sesiones llevadas a cabo en los meses de marzo, abril y mayo de 2024. Como parte de la dinámica, usé una guía de preguntas que tuvo la finalidad de profundizar en sus respuestas emocionales corporizadas a partir de recordar alguna experiencia de violencia en espacios turísticos; de ahí que también se les proporcionó a las participantes un mapa de las zonas turísticas de la ciudad de Mazatlán para indagar en la experiencia urbana. Los grupos de enfoque fueron grabados con el previo consentimiento informado de las participantes.

Para el análisis de los datos obtenidos tanto en los mc como en los grupos de enfoque, se retomaron algunos de los principios de la teoría interpretativa para el análisis de Ricoeur (2006), misma que se organiza en las siguientes etapas: 1) la lectura/escucha ingenua o no direccionada de la narrativa que permite identificar un significado amplio del todo; 2) el análisis estructural que permite focalizar palabras, frases o párrafos (unidades de significado) que dan cuenta de las experiencias de vclm en el espacio público. Esta etapa se mueve entre las partes y el todo de la narrativa permitiendo rechazar o confirmar la impresión obtenida en la primera etapa, y 3) la comprensión integral del todo. Particularmente, la etapa 2 resultó útil en el análisis que se realizó utilizando el programa atlas.ti versión 9.

2. Algunas consideraciones sobre el contexto de la ciudad turística de Mazatlán, Sinaloa

El municipio de Mazatlán es un destino turístico ubicado al noroeste del país en el estado de Sinaloa. En 2020, la población de la ciudad ascendía a 501 441 habitantes, de los cuales 48.9% son hombres y 51.1% mujeres. De acuerdo con Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (envipe) 2023, la población de 18 años y más que se sintió insegura en la ciudad fue de 44% con relación al 54.6% del porcentaje nacional (inegi, 2023). La vclm en el municipio es un problema importante. En 2023 se registraron 369 denuncias por violación, de las cuales 136 se concentraron en Culiacán, 91 en Mazatlán y 44 en Ahome; de tal forma que siete de cada 10 denuncias ocurrieron en estos tres municipios (Consejo Estatal de Seguridad Pública de Sinaloa, 2023). Aunque Mazatlán no registró la mayor tasa de feminicidios a nivel estatal en los últimos años, durante 2016 y 2017 estuvo entre los dos municipios con mayor incidencia de este delito, sólo después de Culiacán con 10 y 17 decesos anuales respectivamente (Fiscalía General del Estado, 2024).

Por ser una ciudad turística, las zonas donde se concentra la actividad gozan de un ambiente de seguridad configurado a partir de elementos urbanos, físicos-territoriales y de otros de recursos securitarios (cámaras de seguridad, seguridad privada, mecanismos de entrada/salida, entre otros) que impactan la percepción del espacio y, en conjunto, crean un ambiente orientado no sólo a la satisfacción y el bienestar de quienes visitan la ciudad, sino de quienes adoptan el rol de potenciales inversionistas (Cruz, 2024; Cruz et al., 2023).

Durante el mc, así como de los grupos de enfoque, las participantes nombraron cinco zonas de la ciudad con sus respectivos lugares turísticos, mismas que se encuentran distribuidas una contigua de otra a lo largo de la franja costera de la ciudad de norte a sur (Cerritos, Zona Dorada, Malecón, Olas Altas y Centro Histórico). 

En estas zonas, la inseguridad y la violencia contra las mujeres que habitan la ciudad resulta poco significativa para autoridades o prestadores de servicios; sobre todo, cuando lo que se pretende garantizar es que las plazas comerciales o públicas, playas, zonas comerciales, zonas de entretenimiento u otros espacios garanticen altos niveles de consumo y desplazamiento turístico. A partir de los datos obtenidos, Olas Altas, Cerritos y Zona Dorada constituyeron las zonas donde las participantes centraron parte importante de sus experiencias emocionales corporizadas. La razón principal es el modelo de ocio nocturno conformado por diversos circuitos de consumo (bares, restaurantes, casinos, clubes), que no sólo forma parte de la oferta de entretenimiento para turistas nacionales e internacionales, también son espacios donde las mujeres que habitan esta ciudad intentan negociar su permanencia y disfrute del espacio público.  

2.1 Las experiencias emocionales corporizadas: la vclm en los espacios turísticos

Con el mc se procuró, en un primer momento, la “encarnación lingüística” (Davidson y Milligan, 2004) o la movilización de las emociones, que no es otra cosa que los primeros esquemas de emociones vividas ante la percepción de disfrutar, transitar o trabajar en los espacios turísticos. La enunciación de las emociones revela el dualismo sobre el que están organizadas; en este caso, expone el componente negativo y positivo que norman las posibilidades expresivas de las mismas. De acuerdo con lo observado en el mc, las participantes enuncian en primer plano las emociones comunes, manifestando alusiones simples como amor, alegría, tristeza y todas aquellas consideradas como “positivas” y, en un segundo momento nombraron las de naturaleza “negativa” (enojo, miedo, culpa). Una vez que agotaron esta gama básica comenzaron a enunciar múltiples compuestos (ejemplo: sorpresa + miedo = espanto).

El sentido cognitivo de su enunciación cambió cuando en el proceso metodológico del mc se buscó la comprensión de la espacialidad de la vclm. La provocación que las preguntas detonadoras ejercieron durante el taller sobre la memoria sensorial de las participantes, les permitió plasmar sobre la silueta del cuerpo femenino las sensaciones y emociones que afectaron su cuerpo cuando vivenciaron una experiencia de violencia en lugares turísticos de la ciudad. Por tanto, las participantes dejaron de expresar sus emociones en términos cognitivos para enunciarlas de manera evaluativa y relacional[8] en torno a las situaciones, personas, objetos y lugares, pero manteniendo la estructura normativa dicotómica inicial. En este caso, las emociones plasmadas en la silueta femenina fueron valorativas de los actos que otros —generalmente hombres— ejercieron sobre sus cuerpos en espacios turísticos particulares de la ciudad, pero también expresaron las características urbanísticas que las vulneran durante su permanencia, tránsito y disfrute de los mismos.

El miedo, la inseguridad, la incomodidad, la ansiedad/estrés y el asco surgen como las emociones persistentes en las experiencias de las participantes cuando la vclm se pone en el centro del intercambio de ideas (figura 2). Podría suponerse que algunas de estas emociones (miedo, inseguridad, incomodidad, ansiedad/estrés y asco), aunadas a otras (fastidio y coraje) menos mencionadas, son emociones poscritas por expresar irritabilidad, repulsión, ira o temor (Jaggar, 1992) ante situaciones de injusticia o peligro. Sin embargo, al observar las frases que las acompañan: “Me da miedo ir a lugares de ocio nocturno”, “Miedo a que se quede solo el camión”; “Me siento juzgada”, “Me siento rara e insegura cuando hay mucha gente alrededor”, “Me siento alerta, pendiente de mi entorno”, se entiende que más que expresar rebeldía o subversión, denotan un estado de marginalidad, vulnerabilidad e incluso fragilidad. 

 Así como Jaggar (1992) argumenta el potencial para la movilización y subversión de las emociones poscritas entre las mujeres, es importante visualizar que estas  “no son sólo reacciones físicas, sino atribuciones de sentido y modificaciones corpóreo-afectivas” (Despret, 2008, p. 250); de tal forma que algunas son emociones que condicionan la relación generizada de las participantes con el espacio público turístico, pues actúan, fundamentalmente, como mecanismos de dominio y sometimiento porque inhiben la acción y reacción (timidez, vergüenza, preocupación), así como determinan las formas de “estar” en los espacios turísticos de la ciudad; por ejemplo, algunas frases que denotan control corporal y amenaza constante son: “Prefiero irme de ese lugar”, “Pienso que estoy siendo observada”, “Me siento alerta, pendiente de mi entorno”, “Vergüenza de caminar sola con mis amigas”.

Por supuesto, en este abanico de emociones emergen algunas altamente deseables (euforia, alegría, felicidad, agrado, traquilidad/paz), sobre todo, cuando se trata de la permanencia y disfrute de los espacios turísticos, estas podrían ser un reflejo de la domesticación de las emociones como una forma de hegemonía emocional. En el ámbito del turismo, la hegemonía emocional se construye desde distintos flancos (medios, publicidad, discurso institucional), mismos que establecen regímenes sobre cómo sentirse y cómo expresar las emociones. 

En este estudio, algunas de las emociones que emergen en el mc y en los grupos de enfoque son la alegría, relajamiento/paz, felicidad, euforia, que fueron acompañadas por frases como “Felicidad por la compañía”, “Euforia con las personas correctas”, “Me agrada estar con mucha gente”. Incluso algunas participantes relacionaron los brazos de las siluetas con la sensación de diversión, relajación/ paz y felicidad. Sin embargo, es importante señalar que estas fueron las primeras emociones que emergieron durante la aplicación de ambas metodologías y, de manera general, se observa que surgieron como impulsos, primeras ideas, con una evidente espontaneidad debido a la rapidez y facilidad con la que fueron enunciadas a diferencia de las emociones “negativas”. 

2.2 Las experiencias emocionales corporizadas y la vlcm: el modelo de ocio nocturno en la ciudad 

Como se observa en la figura 2, las participantes vincularon sus estados emocionales de manera gráfica en el mc y narrativa (a través de los grupos de enfoque) con espacios específicos de la ciudad; sin embargo, resulta de especial interés la referencia permanente que hacen a una de las zonas turísticas sobre la franja costera donde se desarrolla parte importante del modelo de ocio nocturno de la ciudad: Olas Altas.

Aunque con sus diferencias, en estas zonas turísticas (Plaza Machado, Olas Altas y Cerritos) se ha desarrollado durante las últimas décadas un modelo de diversión nocturna que concentra la mayor parte de la oferta de restaurantes, bares y centros nocturnos dirigidos a turistas nacionales e internacionales, pero que también forman parte del ocio nocturno de quienes habitan la ciudad. Sin tratar de ignorar otros hallazgos, las referencias constantes a Olas Altas, así como la profundidad de los datos, invitaron a centrar el análisis en esta zona particular de la ciudad.

Olas Altas es considerada por las participantes como una zona insegura a razón de la permisibilidad que tienen las autoridades y prestadores de servicios turísticos con la venta de bebidas alcohólicas y, más aún, con la presencia de personas —comúnmente hombres locales, turistas nacionales e internacionales— alcoholizadas en la calle. En los grupos de enfoque, las participantes afirman que dicha permisibilidad limita su desplazamiento o permanencia en estas áreas a ciertas horas del día (día-tarde) y a la posibilidad de ir acompañadas de otras mujeres o de familiares.

La temporalidad (tarde-noche) es un elemento que define la intensidad de la violencia que experimentan en esta zona turística; por las referencias obtenidas, se puede caracterizar este lugar como un espacio altamente masculinizado. Por ejemplo, tanto en el mc como en los grupos de enfoque, las participantes refieren el olor a orina: “Asco, huele a pipí, borrachos fumando”, “Mucha gente, mucha suciedad, olor a pipí”. Al respecto, Soto en su trabajo sobre las geografías del miedo, menciona que “en términos olfativos, el olor a orina en mercados, corredores turísticos y zona de acceso al transporte […] produce la idea de que un territorio es masculino” (2022, p. 35). Por supuesto, estas respuestas emocionales se suman a otras que se revelan al abordar las formas de violencia que experimentan en los espacios.

Las participantes también señalan que las violencias directas que han experimentado en esta zona turística de la ciudad mantienen una explícita connotación sexual; para ellas, son comunes las experiencias de acoso sexual callejero; de tal forma que los piropos, comentarios sexistas y machistas, así como las descalificaciones relacionadas con su cuerpo son sólo algunas de las expresiones de violencia que identifican en su permanencia, desplazamiento y disfrute de estos lugares. Al respecto, una de las participantes mencionó: 

Aunque esté frecuentado muy noche entre las nueve a las once de la noche en Olas Altas se pone muy feo con los borrachos… si voy con mi familiar me siento un poco más segura, pero a mí me da miedo el asunto de que quieran sacar pleito o cualquier cosa, porque los borrachos no tienen una boca muy atada, por decirlo así. (Extracto del grupo de enfoque GE 3, marzo 2023)  

Usualmente tienes que salir en grupito, pero ya se pone medio peligroso si estás muy tarde (Olas Altas); si estás como dos o tres de la mañana se pone muy peligroso porque salen de los antros muy borrachos. Si vas con más gente sí puedes disfrutar a gusto. (Extracto del grupo de enfoque GE 4, abril 2023)    

El tránsito, la permanencia o el disfrute de los espacios turísticos por parte de las participantes están teñidos de emociones que se convierten en ventanas para comprender las violencias directas (y urbanas) que se tejen en los espacios turísticos, y que vulneran los cuerpos femeninos por considerarlos transgresores o fuera de lugar. Para las participantes, la visibilidad del cuerpo sexuado en esta zona turística está vinculada fuertemente con la experiencia emocional del miedo, pero también con la incomodidad o el asco y las múltiples violaciones directas de sus cuerpos.

En el centro estaba caminando y un viejito me agarró el busto (los senos) y se rió, no supe reaccionar, me sentía asqueada. (Extracto del grupo de enfoque GE 3, marzo 2023) 

Para las participantes, son diversas las partes del cuerpo afectadas por la vclm en el espacio público, mismas que se sienten, se recuerdan y se vuelven a experimentar a través de la memoria sensorial. De esta manera, la violencia se convierte en una experiencia (figura 3).    

De acuerdo con las participantes, la cabeza, las piernas, los brazos y los pies son las partes del cuerpo sobre las que experimentan las violencias recibidas en los espacios de ocio nocturno. En estas partes del cuerpo también se concentran las emociones que aparecen ante una amenaza o situación peligrosa. La ansiedad/estrés está relacionada con la cabeza; sin embargo, es de notar que se observa un patrón en las frases que acompañan esta emoción en los que el mensaje principal es: Me ahoga cuando hay demasiada gente”, “Me engento”, “Miedo a gente rara”, refiriéndose principalmente a la aglomeración de personas en los espacios de ocio nocturno. Igualmente, con relación a la entrepierna (vulva) y a la parte superior de las piernas, se observa en las siluetas una relación marcada con la vergüenza y la incomodidad; siendo que estas partes del cuerpo también han sido relacionadas con la violencia física y verbal de naturaleza sexual.

Las participantes, a través de una flecha, garabato, círculo u otro símbolo, señalan estas partes del cuerpo escribiendo el tipo de violencia experimentada, pero evitando describir puntualmente las palabras que les fueron dichas o la manera en que fueron tocadas. Tampoco las frases que acompañan dichos símbolos expresan la situación, sólo la emoción: “Me siento juzgada”, “Vergüenza de caminar sola con mis amigas”, “Incomodidad, me siento rara, insegura”, “Pienso que estoy siendo observada”.  

Otra parte del cuerpo que ha sido señalada, marcada o coloreada de manera enfática en las siluetas son los glúteos. A diferencia de las breves expresiones gráficas y escritas que colocaron en otras partes del cuerpo, en estas, las participantes colocaron pedazos más grandes de papel redactando de manera más amplia las experiencias de violencias, las cuales son predominantemente de naturaleza física al haber sido tocadas, y verbales, por recibir piropos, chiflidos e incluso por ser objeto de miradas lascivas. En uno de los testimonios se alcanza a leer el enojo como una de las emociones emergentes; sin embargo, son el miedo y la incomodidad las emociones dominantes (figura 4).

Es pertinente mencionar que, en los espacios de ocio nocturno, generalmente, el acoso sexual o la hipersexualización del cuerpo de las mujeres también pasa por formas de violencia sutiles, normalizadas e incluso “accidentales”. Al respecto, las participantes refieren a los contactos físicos indeseados cuando están bailando y alguien (generalmente hombres) se acerca por atrás (espalda, glúteos) para “repegarles el cuerpo”, refiriéndose particularmente a los genitales. Esto sucede también cuando están esperando bebidas en la barra de los bares.

En estos casos, asumen que dichas agresiones son “Algo común”, “Sabes que aquí siempre ocurre”, “Es bastante común”, “No es raro”, sólo por mencionar algunas frases dichas en los grupos de enfoque al respecto, enfatizando también en que los agresores aprovechan el anonimato que les brinda la noche, su posición de turistas (ajeno, extranjero) y el ambiente de fiesta.

La violencia simbólica es un tipo de agresión que, si bien no fue plasmada en el mc, sí fue mencionada por las participantes en los grupos de enfoque. De manera particular, sus testimonios se concentran en describir cómo algunos estereotipos sobre las mujeres sinaloenses creadas en el seno de la cultura del narcotráfico, estigmatizan y vulneran su presencia en estos espacios (bares, restaurantes, clubs, discotecas) que son frecuentados por turistas:

También tiene que ver el estereotipo que tienen con Sinaloa, aunado a que es turístico y Sinaloa que… como ven a las mujeres de Sinaloa, creo que es el estereotipo de las buchonas.[9] Los turistas piensan que las mujeres “jalan”, porque desde los videos de bandas siempre sexualizan a la mujer, siempre las ven como muy voluptuosas, entonces ya traen la idea esta. (extracto del grupo de enfoque GE 4, mayo 2023)

 

Para Boivin (2014), el estigma es una forma de violencia simbólica que pone en riesgo la seguridad y la participación de las mujeres en los espacios públicos. Sin embargo, no sólo es un fenómeno en el que han sido sexualizadas o cosificadas a razón de las creencias sobre las mujeres sinaloenses, también se trata de la estigmatización del espacio mismo, a manera de una relación dialéctica.

Conclusiones

El cuerpo y la emocionalidad de las mujeres cobra centralidad en los estudios del turismo, en tanto campo fértil para el estudio de las vclm que se tejen en el seno de las relaciones desiguales de género en espacios donde se privilegia el bienestar del turista-residente (del género masculino heteropatriarcal). Las experiencias emocionales corporizadas de las mujeres que habitan la ciudad turística de Mazatlán, se revelan como recursos empíricos que permitieron hacer una lectura de las violencias directas y urbanas a la que se enfrentan las mujeres al negociar su presencia en los espacios que continúan siendo mayoritariamente masculinos.

La vclm es por excelencia un campo del ejercicio de poder masculino. En este trabajo se visualiza la hegemonía emocional como un mecanismo de control que condiciona las experiencias corporales de las mujeres en el espacio público turístico y, aunque el objetivo de este trabajo no abarca el estudio del espacio no turístico, se puede dar cuenta que es un problema latente en otros espacios de la ciudad a razón de otras investigaciones realizadas (Cruz, 2024; Cruz et al., 2023).

Las experiencias emocionales corporizadas de miedo, incomodidad, asco e inseguridad son, en definitiva, emociones que, atravesadas por el género, permiten a las participantes evaluar las condiciones del espacio turístico, pero, sobre todo, hacen posible revelar los factores de riesgo que hacen que los espacios sean amenazantes, riesgosos, peligrosos e incluso violentos desde el “punto de vista de las mujeres”.

Las experiencias corporizadas de violencia en los espacios turísticos, en este trabajo de investigación, nos permiten mirar este fenómeno desde un enfoque más allá de la violencia concebida como un daño físico, y nos dejan reconocerla como un ejercicio de poder prologando que se alberga en el cuerpo (de las mujeres) y que se vivifica a través de la memoria sensorial.

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[1] Doctora en Ciencias Ambientales por la Universidad Autónoma del Estado de México. Profesora-investigadora de la Universidad Autónoma de Occidente. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras (SNII) (Nivel I). Líneas de investigación: Estudios Socioambientales del Turismo y Estudios de Género y Feministas del Turismo. Es autora y coautora de poco más de 60 artículos científicos publicados en revistas nacionales e internacionales. Uno de los más recientes es: “Turismo, ocio nocturno y violencia contra las mujeres: una mirada a la Plazuela Machado de la ciudad de Mazatlán, México” en PASOS. Revista de Turismo y Patrimonio Cultural. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7984-0069.

[2] La corriente biologicista mantiene la idea de que el humano nace con un grupo de emociones básicas; de tal forma que las emociones se localizan dentro del individuo; es decir, inscritas biológicamente, constituyéndose así una noción de universalidad (Varas-Diaz y Serrano García, 2016).

[3] En este trabajo de investigación interesa el término “violencia contra las mujeres” por referir específicamente al acto de violencia basado en el género que tiene como objetivo hacer daño a las mujeres. Se considera que referirse a la violencia de género lleva a abordar la violencia dirigida a cualquier persona debido a su identidad de género, orientación sexual o expresión de género.

[4] A esta edad las mujeres comienzan a hacer del espacio público uno de sus principales escenarios donde desarrollan su vida cotidiana, de tal forma que el bar, la plaza, el banco, la escuela de los hijos o la estación del transporte público comienzan a posicionarse como los lugares de permanencia y movilidad.

[5] Algunas autoras como McDowell (2000) y Soto (2010, 2011) afirman que el género es uno de los factores que mayor incidencia tiene en los estudios de las mujeres en el espacio público.

[6] Algunas de las preguntas detonadoras durante el taller fueron: ¿Qué sientes y piensas cuando estás en los espacios turísticos donde confluye una gran cantidad de visitantes (turistas)? ¿Qué sentimientos/pensamientos te genera cuando vas a tomar el transporte público (taxis, camión, van)? ¿Qué sentimientos/pensamientos experimentas cuando transitas en espacios de ocio nocturno (Olas Altas, Cerritos, Plaza Machado)? ¿Cuáles son los primeros pensamientos que tienes cuando experimentas la violencia?

[7] Cada una de las preguntas fue asociada con un color, de tal forma que cuando se les preguntaba, las participantes tomaban el color relacionado con la pregunta y escribían sus respuestas sobre la parte de la silueta donde sintieron la emoción. Cuando se buscó que las participantes relacionaran sus experiencias corporizadas con espacios y zonas turísticas particulares de la ciudad, a los espacios les fue asignado un número y a las emociones un color, de manera que las participantes tendrían que colocar un número y escribir en la parte de la silueta las emociones que experimentaron ante cualquier comportamiento de violencia. Aunque las instrucciones fueron útiles para ordenar la recolección de los datos, las participantes tuvieron la libertad de expresarse sobre la silueta; de tal forma que se obtuvieron incluso relatos detallados de algunas experiencias de violencia.

[8] Al respecto, valdría la pena retomar a Soto, quien menciona que el miedo “no es una elaboración que realizan los agentes individualmente, por el contrario, es intrínsecamente relacional” (2012, p. 157); es decir, se construye en función de la percepción de “otros” que sugieren ser el agresor directo o en función de los espacios (públicos) considerados como amenazantes.

[9] De acuerdo con Herrera (2019), la buchona es una mujer cuyo valor principal está en la belleza física, la cual está determinada por la acentuación de atributos sexuales más allá del límite de la respetabilidad tradicional; de tal forma, que las cejas gruesas y marcadas, las pestañas postizas, el maquillaje excesivo, así como las cirugías plásticas para formar curvas prominentes o acentuarlas son parte de las caraterísticas que dan lugar al estereotipo. Es importante mencionar que las buchonas también son mujeres que establecen relaciones sociales, amorosas y de negocios con narcotraficantes.

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