“La policía no me cuida, me cuidan mis amigas”. O de la consigna como devenir crítico y búsqueda genealógica[1]
Magali Sánchez García[2]
Resumen: Este artículo parte de una de las consignas de la lucha feminista contemporánea, entendida como un condensado de deseos y contradicciones. A partir de esta base, se desarrolla una reflexión crítica que trastoca elementos de nuestras elaboraciones genealógicas, así como de nuestras perspectivas políticas. El enfoque utilizado es un “análisis sociológico del discurso”, que guía principalmente la reflexión a través del estudio de las palabras seleccionadas para enunciar a la consigna, rastreando su significado actual y vinculándolo con otros momentos y preguntas pendientes. A partir de esta mirada, se reafirma la importancia de extender nuestros imaginarios críticos hacia otros elementos que componen también los momentos de lucha. Aunque frecuentemente ubicados en canales “informales”, estos elementos suelen ser considerados menores, cuando en realidad resguardan una parte importante de la potencia renovada de las luchas feministas en sus distintos ciclos. El artículo propone, por tanto, volver a mirar esa parte de los lenguajes de la lucha que han sido menospreciados o invisibilizados.
Palabras clave: consigna, lucha feminista latinoamericana, lenguaje de la lucha, genealogías, feminismo.
Nuestros tiempos son tiempos de rebelión. Hay movimiento. Contraria a la sensación, muchas veces asfixiante, de estar totalmente inmersas en una sustancia espesa, chiclosa, que parece no dejarnos respirar, ocupando cada poro de nuestra piel con algo que sólo puede sentirse envenenante, nos movemos. Hay vida en nosotras.
Esa certeza conmueve y guía. Es bastión e inspiración para lo que aquí se tratará. Uno de los muchos momentos en los que, en la actualidad, esa rebelión se manifiesta es la lucha feminista.
No queda ninguna duda de que el feminismo, en su forma ideológica, así como las luchas feministas y de las mujeres —y otras identidades que se apuntalan desde el espectro de lo sexo-genérico—, han sido, en los últimos años, protagonistas de muchas de las tensiones y despliegues de lo político, como señala Bolívar Echeverría. Su influencia puede rastrearse en distintos niveles y con diversos propósitos: desde las respuestas coagulantes producidas por los gobiernos, expresadas en reformas y leyes, hasta la incorporación mercantil/mercadotécnica de herramientas lingüísticas provenientes de la lucha —como lo fue en su inicio la “x” y, más recientemente, con la “e”—; sin olvidar la reinstalación de ciertas discusiones ético-políticas que en otros tiempos se abordaron desde perspectivas distintas.
Se puede hablar, entonces, de una dinámica expansiva de la lucha feminista, que en esta ocasión nos centra en una de sus especificidades regionales: la territorialidad de la que esta escritora parte, que coincide con ser el epicentro de esta renovada fuerza, al menos en la versión que algunas hemos podido vivir. Es decir, las luchas feministas latinoamericanas.[3] Su relevancia contemporánea se remonta a los últimos ocho años, con un hito clave a finales de 2016, cuando desde Argentina se convocó internacionalmente a lo que en ese momento se llamó “Paro de mujeres”.
Decir que antes de ese año no “existía” el feminismo sería absurdo, pero también lo sería negar que después de ese momento ciertas partes de su historia, de sus elementos ideológicos y de sus símbolos, adquirieron una relevancia mundial in crescendo. Optamos por centrarnos en América Latina porque, aunque otros sucesos también están relacionados con dicha explosión,[4] afectando la narración de los acontecimientos que siguieron, la propia experiencia ancla el desborde de sentidos desde aquí.
La propuesta es retomar uno de los muchos elementos de la acción militante y la reflexión intelectual desde la clave latinoamericana: las consignas, un microelemento dentro de ese gran universo creativo. Pero ¿las consignas cómo? Comprendiéndolas como formulaciones en apariencia abstractas, que al estar inscritas en el mundo del lenguaje, invariablemente están ancladas a un contexto concreto desde donde se enuncian. Así, se convierten en un condensado de deseos y contradicciones con rastros ético-políticos.
En ese sentido, y siguiendo la pregunta de lo que a través de la consigna se puede conectar histórica y conceptualmente, hay dos niveles de interés en este ejercicio crítico. El primero de ellos parte del contexto del cual surgen las consignas, y que es con el que comienza la narración. El segundo nivel se relaciona con descomponer la consigna para entablar diálogos históricos con/a través de ella, poniéndola en juego y teniendo presente los temas centrales que nombra y los que insinúa, con aquello que los feminismos han dicho al respecto.
Así, el viaje propuesto tiene una inspiración sonora, acompasada a un ritmo. Busca plasmar en lo escrito una pequeña parte de esa gran tradición oral representada en las consignas de esta región: cánticos y gritos empleados durante las movilizaciones sociales.
El momento elegido para hacer esa conexión desbordada transcurre en el verano de 2019, en Ciudad de México. Es allí donde se rastrea la gestación de aquella voz que, desde el desprecio a una de las instituciones más polémicas, quizá de cualquier región del mundo, señalaba una salida posible: “Me cuidan mis amigas, no la policía”, conectando con esa historia ambigua representada en el acrónimo anglosajón: acab (All Cops Are Bastards). Un contexto donde estaban más que apuntalados varios de los instrumentos iconográficos, ideológicos y lingüísticos de las luchas feministas a nivel global, por ser posterior a los primeros llamados al “Paro de mujeres”, cruciales en la capacidad de fuerza que ha venido acumulando el feminismo.
Así, se parte de una de las consignas contemporáneas originada en un momento temporal, geográfico y político concreto. Se retoma porque evidencia cierta capacidad expansiva de sentidos de las luchas feministas latinoamericanas, como lo demuestra haber sido replanteada y reajustada dependiendo de los contextos culturales y políticos.
1. De las consignas como posibilidad para el análisis crítico
El camino para decidir que la consigna era un elemento viable para el análisis, parte de la importancia de esa expresión sintética utilizada en el camino de una manifestación. Las consignas no sólo buscan que aquellas personas que están alrededor comprendan un poco los motivos por los cuales se está ahí, sino que también funcionan como la reafirmación de un espacio performativo de fuerza colectiva, intencionado en el grito de la voz común. Suelen ser cortas, rítmicas y adaptadas a un lenguaje afín con el contexto en el que cual se utilizan, lo que las convierte en herramientas clave para la comunicación y la acción colectiva.
Sin embargo, este análisis implica también una mirada curiosa y llena de dudas. Apareciendo constantemente la pregunta de si, con el paso del tiempo, ¿hemos dado por sentado lo que significan las palabras y las formulaciones comúnmente utilizadas en nuestras manifestaciones? Esto pone en evidencia que hay algo más que aquella posibilidad propagandística: una sensación tensa alimentada en lo implícito y omiso.
Partiendo de ahí, se propone un ejercicio reflexivo: destejer las consignas para explorar sus múltiples capas y significados ocultos. Así, la concepción de la consigna como objeto de investigación pasa primero por entenderla como una expresión que, por su formulación sintética, concentra una serie de deseos y despliegues de fuerza. Entendiendo que ese es el motivo por el que se crean; buscando poder decir mucho, lo más posible, con una expresión no sencilla pero concreta.
Ahora bien, la práctica investigativa de retomar un elemento como las consignas no es tan común, pero existen ejemplos. Gabriela Paredes (2020) se acerca en su artículo a las consignas feministas proponiendo extender la creación de las consignas vinculadas con el graffiti, considerándolo como género discursivo, guiando su reflexión respecto a la música producida por mujeres y disidencias en Argentina. Por otra parte, Anna Trucco las retoma como un elemento “informal” de la política de izquierda para la propaganda, entendiéndolas desde su cualidad de “política cultural”, específicamente siguiendo al grupo guerrillero Montoneros[5] (2019, 2021). Y aunque ambos acercamientos resaltan elementos interesantes, aquí se difiere de comprenderlas en su forma cultural y se apuesta, más bien, en diálogo con el trabajo de Verónica Barreda (2021), por una perspectiva que reconozca sus capacidades de concentrar y desbordar sentidos políticos.
Barreda describe las consignas como “recursos narrativos que sintetizan saberes concretos ligados a la lucha de la comunidad, [...] formas de saber heredadas y recuperadas de otros procesos de lucha en las que ponemos contenidos que se conectan mutuamente y de forma simultánea […]” [cursivas en el original] (2021, p. 24). A la idea de “síntesis de saberes” se le agregaría síntesis de deseos, tensiones, intuiciones.
Sin embargo, algunos límites hacen que esta exploración tenga otros requerimientos. El principal es que, a diferencia de Verónica Barreda, aquí no se parte de un grupo específico, sino del despliegue como tal de las ideas vertidas y sintetizadas en la consigna. Es decir, el acercamiento que se propone es más desde una especie de “análisis sociológico del discurso”, dado que se persigue un interés por la consigna queriendo entenderla según el uso mismo de las palabras seleccionadas, entablando un diálogo general y abstracto con la lucha feminista latinoamericana.
Además, aunque se atiende el llamado reflexivo consciente de que dicha creación, siguiendo a Barreda, es un “recurso narrativo” “[…] que las luchas han desplegado al calor de momentos específicos de antagonismo [...]” (2021, p. 26), el interés también está en el aspecto tenso y contradictorio que devela. Esto es, se quiere alumbrar no sólo aquello visible en el ejercicio de hacerse ciertas preguntas que potencien su sentido creativo, sino también aquello tenso y contradictorio que igualmente las compone como propuestas tendientes a lo emancipatorio.
Otra autora que retoma expresiones como las consignas es Gabriela Bard Wigdor, quien refuerza esta idea de llevar esas expresiones hacia lo tenso y contradictorio (2020, p. 215). Su búsqueda, guiada por lo que ella describe como “decolonial, materialista e interseccional”, plantea críticas sumamente interesantes a ciertas formas del feminismo que, siguiendo a Nancy Fraser, llama “feminismos neoliberales”, señalando la construcción de las consignas como un espacio a través del cual se han ido dejando rastros de horizontes subversivos, pero también de elementos problemáticos y contrarios a esa subversión.
Así, es posible afirmar que destejer los elementos de las consignas puede hacer explícito aquello implícito; y con ello comprender o tensionar hasta qué punto sus elementos generan consenso, o si, por el contrario, obviarlos devela más bien “debilidades” que pueden ser objeto del oportunismo de ciertas facciones del poder que operan en lo que se puede considerar el actual intento de captura de la fuerza subversiva de las luchas feministas.
Sin embargo, una última acotación sería decir que aquí se retoma principalmente la traducción[6] escrita de un momento oral del mundo de lo offline, fuertemente influido por un momento online que no se abordará en esta ocasión. Haciendo esta diferenciación por la incidencia en el discurso y en la práctica política de lo online, que ha producido a su vez una nueva señalización de lo offline. Es decir, las consignas en la actualidad tienen cuando menos dos desdoblamientos o traducciones: la forma oral en lo offline, como grito colectivo, y su expresión en lo online, tratándose en este caso específico del uso del hashtag [#] únicamente posible en nuestros contextos ultramediatizados a través de las plataformas privativas como “redes sociales”.
2. Pequeña crónica del acontecimiento alrededor de la consigna
Corría el 19 de agosto, un viernes seguramente lluvioso, típico de la época de verano en Ciudad de México (cdmx). La concentración principal fue sobre la Avenida Insurgentes, que cruza de norte a sur y es una de las más largas y transitadas de la capital; frente a la estación del metrobús “Glorieta de los Insurgentes”, porque es donde se ubican las oficinas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México (ssc-cdmx).
Pero el motivo de ver ahí reunidas principalmente a miles de mujeres comienza antes, y se conecta con muchos puntos inabarcables en este texto. Por tal razón, en términos prácticos, conviene ubicarnos dos semanas previas a ese suceso, el 6 de agosto, cuando por una filtración en alguna de las instancias que se encarga de la procuración de la justicia, o persecución de los delitos —seguramente del Ministerio Público que en México es la primera entidad judicial que se dedica a recabar la información sobre un delito—, se conoce la noticia de que una joven de 17 años había iniciado un proceso de denuncia contra cuatro policías, a quienes acusaba de haberla violado la madrugada del 3 agosto en las inmediaciones de su vivienda, en la alcaldía Azcapotzalco al norte de la cdmx, casi en los límites con el Estado de México (Investiga pgj violación de policías a joven de 17 años, en Azcapotzalco, 2019; Jiménez, 2019).
¿Por qué este caso fue tan mediatizado? Es una pregunta muy difícil de responder, pero así fue. Sin preguntarse por demeritar la indignación, sino porque en México son comunes estos delitos, las filtraciones, la insensibilidad de los medios de comunicación, la impunidad y la violencia en general. Pero de una u otra forma la noticia se movió, y para el 9 de agosto confirmaba la Procuraduría General de Justicia de la cdmx (ahora Fiscalía General de Justicia) la filtración de información, y la vulneración que eso había implicado al caso. Asimismo, se hacía de conocimiento público que seguramente por ese motivo la joven violentada y su familia, por ser menor de edad, no habían dado seguimiento al caso (Arellano, 2019).
En los días siguientes, se supo que los policías implicados no estaban siendo procesados, porque no había una imputación directa de la víctima, quien no había acudido a reconocerlos físicamente. Corrió una incertidumbre entre si estaban suspendidos o simplemente bajo investigación; se habló de proteger sus derechos laborales y buscaron explicar constantemente que, en rigor con el debido proceso, sin una identificación plena, ellos no podían ser considerados culpables del delito.
Así transcurrieron los días, las opiniones y la permanencia de la noticia en los medios de todos los espectros de opinión, incluso para una persona que no utiliza redes sociales, el seguimiento de la noticia era sencillo.
Conectado con otros tres casos que relacionaban a la policía con el abuso sexual, pero conminadas principalmente por el más reciente que era el caso de la joven de Azcapotzalco, el 12 de agosto —un lunes a medio día—, se cumplió la convocatoria a una marcha en contra de la violencia y la impunidad policial, sintetizada en la consigna online “#No me cuidan me violan”. Mofas y desprecio a la institución policial fueron los principales motivos que acompañaron el recorrido. Este fue de las Oficinas Centrales de la ssc-cdmx a la sede de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (pgj-cdmx). Una ruta inusual, en un horario inusual.
Ese día ocurrieron dos hechos, el primero en las oficinas de la ssc, cuando al salir el secretario de Seguridad —Jesús Orta, en ese momento— para “establecer el diálogo” entre gritos y con todos los medios rodeándolo, alguien logró colarse y le lanzó un puñado de diamantina rosa que le dio justo en la cara, siendo captado por todas las cámaras que lo rodeaban. Eso lo convenció de que no había condiciones para el diálogo —que nadie de quienes estaban afuera había pedido—, e indignado regresó a su oficina, mientras la tensión aumentaba afuera del edificio custodiado apenas por unos cuantos elementos de la policía bancaria.
El segundo hecho ocurrió en el siguiente punto de la marcha: la pgj-cdmx, donde algunas de las manifestantes pidieron una reunión con su titular Ernestina Godoy, quien se negó. A las afueras, entre pintas, destrucción de cámaras y gritos, la presión aumentó y se terminaron destruyendo las puertas de vidrio que separan las oficinas de la calle. Las mujeres entraron, el personal retrocedió; y ellas, las que venían desde la ssc, a su paso rayaron, destruyeron mobiliario, se impusieron. Ya adentro, Aracely Osorio[7] tomó la palabra, y por un momento hubo silencio;[8] tomó la palabra también Norma Andrade,[9] fundadora de “Nuestras hijas de regreso a casa”;[10] de nuevo la escucha fue atenta porque el grito era unánime, y la pregunta, legítima: ¿Quién nos cuida de la policía?
En la fachada del edificio de la pgj se leían algunas pintas: “Justicia”, “Las paredes se limpian, las morras no regresan”, “Ni una menos”, “ACAB”, “La policía viola”, entre otras (Cardona y Arteaga, 2020, p. 8).
Ese mismo día, horas más tarde, salieron a los medios la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, y la procuradora de Justicia, Ernestina Godoy, y califican la manifestación de haber sido una “provocación”, de ilegítima, y amenazan con abrir carpetas de investigación contra quienes hayan causado daño a las instalaciones.
Todo eso sólo enciende más los ánimos, polariza las opiniones. La tensión crece y, en un intento de apaciguar la energía subversiva, el 14 de agosto, después de la criminalización a las manifestantes de días anteriores, y después de que el uso de la violencia tomara cierta legitimidad en algunos sectores de la opinión pública, el Gobierno de la cdmx llamó al “Diálogo Cero Impunidad y Justicia absoluta para las mujeres y niñas víctimas de violencia”.[11]
En los días siguientes se reiteró que la víctima y su familia habían dejado de comparecer para el caso, y se mencionó una inconsistencia en su declaración. El 15 de agosto un video se filtró, y con ese video varios medios de comunicación se afianzaron a la versión, sin decirlo explícitamente, de que la joven denunciante mentía. Eso le dio fuerza a una reacción, sobre todo en redes, de gente que cuestionó su actuar, la hora en la que estaba, el lugar, su vida en general, nada que no haya pasado antes con otras víctimas de alguna forma de violencia patriarcal.
Y así, ese mismo día 15 de agosto se lanzó una convocatoria nacional para movilizarse el viernes 16 de agosto por la tarde, en lo que se conoció coloquialmente como “Brillanteada”. Ese día, en Ciudad de México, el punto de reunión fue de nuevo a las afueras de la sede de la ssc-cdmx —donde días antes se había lanzado la brillantina al titular—; se destruyó la estación cercana del metrobús “Glorieta de los Insurgentes”; se incendiaron y destruyeron patrullas en el camino, también la estación policial de la calle de Florencia; se impidió el ingreso de los bomberos, y se intervino vandálicamente un monumento emblemático histórica y turísticamente en la capital, el Ángel de la Independencia, que quedó ataviado por más de 500 graffitis (Guy Emerson, 2022; Salas Siguenza, 2021). Ahí culminó la manifestación que apenas recorrió un kilómetro. Y como nos recuerda Francesca Gargallo (2020): “A los gritos más conocidos de ‘¡Justicia!’ y ‘¡ni una más!’”, se sobrepuso “A mí me cuidan mis amigas, no la policía”, en claro descrédito de los agentes de seguridad”.
Las sensaciones durante y después de la marcha no fueron unánimes (Apolinar Navarro, Aguilar Balderas y Moreno Velador, 2022; Cerva Cerna, 2020). Y las razones son obvias, pues si bien resultaba común ya para ese momento ver a cientos de mujeres o cuerpos diversos reunidos evocando al feminismo, no era común verlas en ese despliegue de fuerza y acción directa por vía de la violencia (Álvarez Enríquez, 2020; Feminismos y acción directa, 2021).
El grito de “fuimos todas” nació en ese ambiente. Y desde ese día ha acompañado cada acción de esa masa anónima cumpliendo su función de arropar a esas otras haciendo lo que muchas más desean. Acciones confrontativas de una minoría asumidas por un nosotras. Planteándonos la historia del feminismo como carente de una genealogía clara con la tradición de la acción directa, que por supuesto tiene; dejando ese día como un parteaguas para la historia del feminismo mundial; no por su masividad popular, sino por su cualidad violenta.
3. Conexiones históricas desde la consigna
En un ejercicio de contraste con otras consignas producidas en el marco de la actual lucha feminista latinoamericana, una primera impresión es que esta no recupera, como tal, formulaciones con un obvio contenido histórico. Lo que no significa, como ya veremos, que carezca de esas conexiones, sino que podría considerarse que concentra ya ciertos aprendizajes produciendo un sentido renovado.
Si bien el tema de fondo que provoca la explosión, que convoca y moviliza, es la violencia patriarcal, un ejercicio concreto de esta, el sujeto no es un individuo, sino una institución —aunque sí se señaló a los policías concretos, el hecho de que fueran parte del cuerpo policial permitió de alguna manera abstraerlos—. Al menos así se quiso plantear de principio. De esta forma, lo acaecido alrededor de la consigna fue posibilitando una crítica estructural, apelando a dos figuras y una relación antagónica entre ellas. Se nombró, por un lado, una institución estatal, uno de los brazos ejecutores de la legítima violencia en el marco de las relaciones democráticas, la policía; y, por el otro, también una institución —en el sentido de que es una forma estable de relación—, pero en este caso informal y perteneciente a un trasfondo emotivo con conexiones sociales más diversas, las amigas.
3.1. antagonismo feminista de la institución policial
¿Qué ha dicho el feminismo respecto a la policía? Primero decir que la crítica a la policía no es intrínseca ni exclusiva de las luchas feministas, quizá incluso afirmar que no es parte del ideario feminista más hegemónico. Y tampoco es la primera vez que se expresa cierta forma de antagonismo a la institución policial desde la lucha feminista. Siendo al menos contemporáneamente el black feminism norteamericano uno de los ejemplos más interesantes en la continuidad de esa crítica. Un ejemplo de esa guía puede leerse en la reflexión de Angela Davis en su ya clásico libro publicado en 1981 (2019), Mujeres, raza y clase:
Demasiadas víctimas inocentes han sido sacrificadas en las cámaras de gas y enviadas a celdas de cadena perpetua como para que las mujeres negras se unan a aquellas [se refiere al movimiento antiviolación de los eua] que recurren al amparo de jueces y policías. Además, como víctimas directas de violación, estas mujeres han encontrado poca o ninguna comprensión por parte de esos hombres vestidos con togas y uniformes. Los casos de agresiones por parte de la policía a mujeres negras –en algunas ocasiones las víctimas de violación han sufrido una segunda violación– se escuchan con demasiada frecuencia como para ser tachadas de aberraciones. (2019, p. 176)
Como muestra de la latencia de esa genealogía en la actualidad —aunque desde posturas de movimientos mixtos—, puede señalarse al movimiento Black Lives Matters iniciado por Alicia Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometi, justamente ante la no novedad de la muerte por disparo de arma de un joven afroamericano de 17 años en Florida, señalado por posible robo.[12] Keeanga-Yamahtta Taylor hila sus historias al decir:
Tan temprano como en la década de 1920, patrones de abuso policial, reconocibles hasta hoy, contribuyeron a la creciente desilusión negra respecto a la policía y las supuestas libertas del Norte [refiriéndose al proceso de guerra contra la esclavitud]. (2017, p. 128)
Considerando que la condición de identidad sexo-genérica es la que atraviesa a la lucha feminista, se puede también recoger aquel hilo tendido por las persecuciones a colectivos de disidencias sexuales durante las décadas de 1960-1970, siendo la revuelta de Stonewall el acontecimiento más emblemático, desatada por una redada policial bajo un contexto de constante acoso, violencia y detenciones que encontraron resistencia el 28 de junio de 1969 en la ciudad de Nueva York (Goldberg, Mallory, Hasenbush, Stemple y Meyer, 2019). Proceso que coincide con el auge de diversos movimientos en resistencia en Estados Unidos, pero que también dejó rastros de reflexiones antipoliciales en América Latina. El valioso esfuerzo investigativo de Norma Mogrovejo nos enseña a grupos como la “Comunidad Homosexual Argentina” que “surgió como una reacción a la discriminación y la represión policial quienes permanentemente realizaban razzias en los espacios homosexuales” (2000, p. 287). O el testimonio que recoge desde Brasil donde se cuenta:
En 80 la policía estaba muy represiva, el delegado “Carrerista” quería moralizar la ciudad de Sao Paolo e inicia la “operación arresto” y arrestan a todas las prostitutas, gays, negros, lésbicas. Hicimos una gran marcha, distribuimos panfletos convocando a la población a participar en la marcha, firmando como lesbianas, junto con gays, trasvesties, prostitutas, toda la marginalidad. (2000, p. 302)
Así, puede decirse que desde la vivencia de aquellas personas que han ejercido el trabajo sexual, se encuentra históricamente esa relación tensa y antagónica con la policía, lo que ha implicado que sea una cuestión presente dentro de su agenda política, como ejemplifica el informe “El trabajo sexual y la violencia institucional: vulneración de derechos y abuso de poder” elaborado por la Red de Mujeres Trabajadores Sexuales de Latinoamérica y el Caribe-sección Argentina (Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina, 2016, p. 18). Y en un estudio mucho más internacional se confirma la misma tendencia: “Los policías no son generalmente los protectores de las trabajadoras sexuales y hay evidencia que sugiere que algunos policías explotan y victimizan directamente a las trabajadoras sexuales [...] [Traducción propia del original]” (Nichols, 2010, p. 198).
Estos ejemplos se mencionan en tanto hacen referencia a colectividades o expresiones individuales que, de alguna forma, han estado vinculadas a las luchas feministas. Fuera de esto, claramente América Latina tiene una larga historia marcada por el abuso policial. Esta historia incluye los procesos dictatoriales y todos los mecanismos de detención arbitraria, la tortura y la desaparición forzada, en las cuales tanto la policía como el ejército han tenido un papel central (Figueroa Ibarra, 2001; Lifschitz, 2018; Roitman Rosenmann, 2019).
Es desde esa oposición a la institución policial que es posible conectar con ciertas tradiciones críticas. Por lo que siguiendo el trazo que todas estas historias cuentan, se afirma lo que es obvio, que el cuerpo policial —pensándolo literalmente como ese cuerpo en el espacio público y privado— aplica de forma discriminada su fuerza. Que, dependiendo del contexto político, racial, de clase, y por supuesto de identidad/expresión sexual y/o genérica, tu existencia será más o menos proclive a ser sujeta de ciertas violencias. Y esas cualidades siguen estando detrás de aquel momento de 2019 en Ciudad de México en que, como otras veces, se hizo frente al abuso policial.
Pero ¿qué es exactamente la policía?, ¿existe consenso respecto a esto? Más que adentrarnos en un análisis histórico o funcional de esta institución, el propósito es rescatar algunos aspectos que permitan reflexionar sobre los temas que, en 2019, una consigna específica puso en el centro del debate. Este momento histórico reveló, quizá, nuevas perspectivas y tensiones a una nueva generación de feministas. Por ello, resulta pertinente adoptar un enfoque crítico, dado que la consigna no sólo plantea interrogantes, sino que también expone una tensión, un antagonismo que merece ser explorado.
En ese sentido, simplificándolo históricamente, los orígenes de la policía están ligados con la formación del Estado moderno y el desarrollo capitalista. Como clara expresión del colonialismo, las formas modernas de la policía que tenemos, incluso en el Tercer Mundo, hunden sus raíces en el continente europeo en los siglos xvi y xvii, como señala Mark Neocleous (2010, p. 24). Pero, además, una mirada crítica a su desarrollo como fuente de poder, revela su íntima relación con la configuración del orden burgués, la protección de la propiedad privada y la constitución de una clase trabajadora disciplinada y eficaz. Como contundentemente lo dice Paul Rocher, “la policía, como fenómeno moderno, es una institución fundamentalmente capitalista” (2023, p. 122).
Sus funciones, el uso de la violencia y su papel como entidad protectora son conceptos que han sido discutidos y definidos por principios ideológicos. Desde esta perspectiva, algunos consideran que la policía puede ser reformada, puesto que la forma de su actuar depende del tipo de gobierno en el poder. Sin embargo, otros piensan que, debido a su innegable relación con el Estado y el capital, así como su expresión patriarcal en relación con el feminismo —como lo expresan aquellos grupos de los que se habló anteriormente—, es intrínsecamente antagónica (Montero, 2016)
3.1.1. Historia mínima de la consigna acab. Apuntes para su desuso
Adoptando una perspectiva más cultural sobre lo dicho respecto a la policía, surgió la expresión acab (All Cops Are Bastards), que ha acompañado ciertos momentos clave de la lucha feminista contemporánea. Aunque el desprecio hacia la policía se ha convertido en un tema de discusión dentro del feminismo (Poiré , 2022), y no siempre se expresa igual, analizar los puntos que tocan dichas siglas permite reflexionar sobre la importancia de la claridad en todos los niveles de las luchas feministas.
Como se dijo en el apartado anterior, la acción policial está históricamente vinculada con la persecución para mantener el orden burgués, proteger los valores capitalistas y patriarcales, y disciplinar a la clase trabajadora. Sin embargo, dado que esta clase trabajadora empobrecida no es un bloque homogéneo, el desprecio a la policía condensado en el acab no proviene necesariamente de una tradición crítica revolucionaria. Por eso, aunque rastrear la historia de estas siglas es por demás complicado, y excede los intereses de la investigación, se dejan algunas pistas.
Su origen es anglosajón, y se sitúa entre Estados Unidos e Inglaterra. Según Eric Partridge (1992, p. 1), su uso fue documentado en 1977 cuando un periodista encarcelado tras una manifestación lo leyó en las paredes de una prisión y descubrió su significado: All Coppers Are Bastards. Sin embargo, Partridge señala que el uso de las siglas ya existía en el lenguaje coloquial de ciertos circuitos sociales desde, al menos, 1970.
En 1982, la banda inglesa 4Skins popularizó el concepto con su canción A.C.A.B., vinculándolo con las subculturas skinhead y hooligan, es decir, grupos principalmente masculinos que, por su tendencia a los enfrentamientos violentos en el marco de los partidos de futbol, han sido perseguidos por la policía. De ahí el desprecio que les tienen y que inspiró la abreviatura. Aunque estas expresiones culturales surgieron de sectores populares relacionados con la clase obrera inglesa, también estuvieron marcadas por tendencias violentas y, en algunos casos, ideologías fascistas (Guerra, 2013, p. 276).
En este contexto, el uso contemporáneo del acab puede ser ambiguo. Si bien refleja una relación antagónica con la policía compartida por diversos grupos, su adopción por sectores fascistas europeos complica su apropiación dentro de movimientos de izquierda,[13] como el feminismo o el antifascismo.[14] Esto plantea la necesidad de explorar otras expresiones más afines a tradiciones antisistema.
Un ejemplo interesante es Daloy Politzei,[15] una consigna proveniente de la tradición anarquista judía del siglo xx en Rusia que significa “abajo la policía”. Este lema ofrece un vínculo histórico más coherente con luchas emancipadoras y podría servir como alternativa discursiva para movimientos feministas y antifascistas actuales.
3.2. Apelación a sujeto emotivo “mis amigas” ¿sujeto no militante?
La posibilidad de nombrar al sujeto amigas como un potencial espacio de acción, contraste y autonomía en el cuidado, tiene sus raíces momentos previos a la lucha feminista contemporánea, especialmente en Europa y Estados Unidos durante los años de 1960 y 1970. Esta tradición se sintetiza en Norteamérica bajo el lema: “Lo personal es político”,[16] que dio lugar a diversas acciones y estrategias, como la formación de grupos exclusivos de mujeres.
En 1973, Kathie Sarachild (1943-) describió el trasfondo del llamado programa para un “radical feminist consciousness-raising”, presentado en 1968 durante la First National Women’s Liberation Conference en Chicago, Estados Unidos:
Al final, el grupo decidió raise its consciousness estudiando la vida de las mujeres en temas como la infancia, el trabajo, la maternidad, etc. Haríamos cualquier lectura que consideráramos importante. Pero nuestro punto de partida para la discusión, así como nuestra medida de exactitud respecto a lo que dijera cualquiera libro, sería nuestra experiencia en esas áreas. [Traducción propia del original. El énfasis es mío] (wildwomyn, 2012)
Ese pequeño párrafo nos permite reconocer elementos que son casi naturales en el imaginario de la lucha feminista; pues básicamente practicaban reunirse entre ellas y partir de sí, buscando comprender para emprender procesos críticos.
Una de las primeras cosas que descubrimos en estos grupos es que los problemas personales son problemas políticos. En este momento no hay soluciones personales. Sólo hay acción colectiva para una solución colectiva. Fui, y sigo yendo a estas reuniones, porque he obtenido una comprensión política que todas mis lecturas, todas mis ‘discusiones políticas’, toda mi ‘acción política’, todos mis cuatro años y pico en el movimiento nunca me dieron. [Traducción propia del original. El énfasis es mío]. (Hanisch, 1969)
Carol Hanisch expresaba una experiencia generalizada en su entorno, como ella misma lo cuenta cuando describe las condiciones por las cuales su texto terminó siendo gestado. Estaban exteriorizando, experimentando a través de verse confrontadas por aquellos y aquellas que no entendían lo que querían decir/hacer y por qué. La complejidad de que eso que ocurría en los pequeños grupos de reunión exclusiva entre mujeres significaba un momento más de la subversiva práctica política. Y como sabemos, igual que en nuestra época, también esos sentidos se expandieron: “La práctica política de la autoconciencia se inventó en los Estados Unidos, no sabemos por obra de quién, hacia finales de los años sesenta. Las norteamericanas hablaban, para ser exactas, de ‘elevar la conciencia’” (consciousness raising).
El término autoconciencia fue acuñado por Carla Lonzi, que dio vida a uno de los primeros grupos italianos con las características de aquella práctica:
[...] un grupo voluntariamente pequeño, no inserto en organizaciones más amplias, formado exclusivamente por mujeres que se reúnen para hablar de sí mismas o de cualquier otra cosa, pero siempre a partir de su experiencia personal. (Librería de Mujeres de Milán, 1991, p. 38)
Siguiendo estas tradiciones, esta investigación propone vincular la enunciación de consigna “mis amigas”, con esas otras prácticas enunciativas como lo fueron sisterhood o sorority en Estados Unidos (Bacci, 2020, p. 6) y affidamento en Italia. Estas expresiones, al igual que la actual, buscan practicar en el lenguaje el acto de la “alianza entre mujeres”, un concepto que, aunque puede parecer extraño, es fundamental para contrarrestar los intentos de establecer separaciones y competencias entre ellas, los cuales operan bajo la mediación patriarcal. Con la práctica del partir de sí en los grupos de autoconciencia, se fueron develando los amplios beneficios del affidamento, que para la traducción al español puede ser una combinación de los conceptos: confiar, apoyarse, dejarse aconsejar, dejarse dirigir (Librería de Mujeres de Milán, 2008, p. 7) (Gutiérrez Aguilar y Méndez García, 2020, p. 121).
Esta guía inicial, aunque no puede seguir todos los hilos de las discusiones que generó, ha expandido de una forma significativa los sentidos políticos comprendidos en todos los momentos constituyentes de la vida. Sin embargo, aún queda preguntarnos qué elementos, más allá de la unión y reunión, de la alianza y del intento de volver “coherente un movimiento que nacía fragmentario”, operan en la consigna ¿qué es el sujeto amigas?, ¿quién es?
Partiendo de ese pasado, es posible imaginar que “lo personal” intrínsecamente las hacía y las hace, en el presente, concebir al sujeto amigas como un sujeto amistoso en el sentido común y cotidiano de lo que implica la amistad. Por ello, es interesante cuando dicen: “El propósito de escuchar los sentimientos y experiencias no era la terapia, no era para dar la oportunidad del desahogo… eso es para las amistades”. [Traducción propia del original. El énfasis es mío] (wildwomyn, 2012).
Esta afirmación sugiere una diferenciación entre el momento de reunión en el marco del conciusness y el hecho de la amistad en sí. Eso al menos en el caso de las norteamericanas del New York Radical Collective.
Por su parte, Claudia Andrea Bacci señala que el giro que toma el anglicismo sororidad expresa un “desplazamiento hacia la política” guiada por “[…] relaciones políticas basadas en la ‘solidaridad entre mujeres’, algo diferente a la amistad o el afecto” (Bacci, 2020, p. 6). Mismas intuiciones que se pueden seguir cuando Betlem Cuesta y Ángela Fuster nos hablan de poder:
[...] encontrar amigas en los contextos cotidianos de nuestras vidas. [...] Pero, sobre todo, [...] experimentar la potencia subversiva de la amistad escogiendo compañeras con las cuales tal vez no compartiremos ninguna amistad íntima, pero con quienes nuestras relaciones se articularán a partir de una voluntad común de reflexionar y manifestar nuestras precariedades a la luz del espacio público. (2010, p. 120)
Su reflexión permite considerar una posible distinción entre amistad íntima y amistad política, una diferencia que se abordará más adelante en el contexto de los giros latinoamericanos en este tema. Las características que reunían esa relación de affidamento, la práctica del sisterhood y la asunción de la sororidad han sido vividas de distintas maneras por los muchos grupos que durante todo este tiempo han surgido. Por tanto, no se busca establecer una homogeneidad en esas propuestas políticas, sino más bien tensionarlas para intentar comprender lo que sabemos, y no sabemos, respecto a las personas o formas alternativas de pronunciar nuestras vinculaciones.
Si para algunos de los grupos de los años setenta del siglo xx, la práctica de la autoconciencia no implicaba una relación terapéutica ni un proceso de resolución de problemas individualizados bajo una lógica de la amistad en sí, sino que presuponía una relación política mucho más compleja y colectiva, surgen las preguntas: ¿Qué de eso sigue operando en el presente? ¿Esos aspectos de su historia nos ayudan a comprender mejor nuestros propios conflictos? Preguntas que quedan abiertas porque las respuestas corresponden a cada proceso político y no al nivel de esta reflexión individual y académica.
Ciertamente, esos ejercicios de búsqueda de sentido, y en lo que han devenido, han determinado una parte importante de la capacidad de renombrar lo político, la acción política; acompañando el resquebrajamiento de ciertos paradigmas de la izquierda que durante ese periodo estaban siendo cuestionado por múltiples flancos. Fueron esos grupos donde se imaginó y experimentó eso de lo personal es político, ayudando a potenciar a ese sujeto amigas que aparece como aquel invocado en la acción de la consigna.
La lucha feminista de aquellos años dejó ese vestigio que permitió diluir la dicotomía entre lo privado-público, y aquellos sujetos que estaban constreñidos a ella despolitizados en tanto devenían en el entorno denominado privado (Cuesta Cremales y Fuster Peiró, 2010). A partir de ahí, además de la priorización de las relaciones entre mujeres y la importancia y posibilidad de construir espacios propios de reunión con pares, siguiendo la identidad sexual o genérica, se hicieron críticas a prácticas y relaciones como el matrimonio, la heterosexualidad, las relaciones amorosas, la familia; produciendo una potencia que nos acompaña hasta el presente.
Sin embargo, para ir cerrando este apartado, quisiera aprovechar la oportunidad de hilar más fino. Señalar con ello que aquella capacidad expresiva de sentido que adquirió tal relevancia en esas décadas tampoco fue exclusiva de quienes actuaban desde las prácticas feministas de aquellos territorios. En su lugar, un vistazo superficial a lo que se decía y proponía en aquellos años permite ver que la necesidad de romper ciertos moldes de lo social y revolucionario estaba latente; pensemos si no en grupos intelectuales como aquellos que integraron la Internacional situacionista o el contundente movimiento autonomista italiano que lo anunciaba cuando planteaban “salir de la fábrica”, pelear el tiempo de ocio y diversión al capital (Tarì, 2016), donde también se reivindicaba un vínculo profundo: “Una puesta en común de todo y de todos, que había llevado a algunos hacia experiencias extremas de colectivización de los cuerpos y los afectos más íntimos, alcanzando así los límites del colectivismo” (Stella, 2015, p. 29); y cómo esos diversos momentos alimentaron eso que se llamó también la “crítica a la vida cotidiana” (Sandoval Vargas, 2016).
E incluso muchos antes, para ser justas y finas en la manera en que trazamos posibles conexiones en el tiempo-espacio, a finales del siglo xix y principios del xx, se hablaba ya de la importancia de dar lugar a esos otros aspectos considerados privados. Claramente con otros códigos, con menos contundencia de la que fue posible después, pero existían. Dos referencias ejemplares que podemos retomar son Alexandra Kollontai (1872-1952) y Emma Goldman (1869-1940), mujeres de dos perspectivas críticas que en algún momento fueron enfáticamente antagónicas: el comunismo de Estado y el anarquismo.
La lucidez y actualidad de Kollontai en su texto Las relaciones sexuales y la lucha de clases de 1911 son muestra de ello (2018, pp. 53-54). Ella fue una ávida luchadora de la idea de que la manera en la que se establecían vínculos —en ese momento ella sólo podía ver los heterosexuales— debía ser parte de cualquier proyecto revolucionario. No hablaba sólo de las formas amorosas en clave romántica, sino que se concentró también en proclamar una camaradería amorosa, solidaria, entre personas compañeras guiadas por la afinidad y la amistad, diríamos ahora (Ousmanova, 2022, p. 20).
Emma Goldman ejemplifica en varios de sus textos intuiciones en ese sentido, siendo uno de los más relevantes el también escrito en 1911: Matrimonio y amor (2015, p. 187), siguiendo sus propios instintos anárquicos. Y cuando una lee su autobiografía escrita en 1931, se da cuenta de que efectivamente un sentimiento que guio profundamente sus lazos fue el del amor en su sentido más amplio, reflejado en la solidaridad, la empatía, la ternura, la admiración y la entrega que prodigaba a quienes la rodearon y con quienes construyó su vida (Goldman, 2015, p. 199).
Estas conexiones multitemporales a través de las cuales se traza un camino posible de aquello condensado en el “me cuidan mis amigas”, dan cuenta que la construcción y transmisión de las ideas, aunque muchas de las veces parezca expresado en temporalidades, grupos o individualidades concretas, es en realidad un devenir enmarañado de inspiraciones caóticas. Es decir, cuando ciertos elementos se articulan y ciertas ideas permean con fuerza, intuitivamente, consciente o inconscientemente, lo hacen expresándose en común con muchas colectividades a la vez. Es así como parece que ocurrió con la consigna de lo personal es político, conjugado tan oportuna y contundentemente por el feminismo norteamericano de los años setenta, inspirado y en sintonía con el ambiente del que estaba rodeado.
Pero esa influencia no acaba ahí, durante los años noventa en América Latina, especialmente en Chile, ocurrieron una serie de discusiones y desplazamientos que dieron vida a formulaciones como la “amistad política” o “amistad entre mujeres”, del mismo grupo que readapta la consigna clásica de los años setenta bajo la formulación: “democracia en el país y en la casa”, en el marco de su lucha contra la dictadura de Augusto Pinochet. Desde ahí decían en 1997: “[...] en la constitución de este espacio del actuar en conjunto, iremos constituyendo la amistad política, que desmontará la desconfianza y la traición entre mujeres, mencionaba Margarita Pisano” (Poblete Herrera, 2019, p. 18).
Seguían las mismas intuiciones de las feministas de los años setenta, pero le ponían nuevas acotaciones para complejizar la relación.
El marco de la amistad nos ha resuelto muchas paradojas: las diferencias individuales entre nosotras nos han encontrado, sorprendido y afirmado en primera persona singular y también nos han encontrado las coincidencias y nos han sorprendido y afirmado en primera persona plural. (Sanahuja y Sanz Coll, 1995, p. 45)
Las aportaciones que este grupo político-intelectual de mujeres hizo al tema, revelan ya el reconocimiento de la tensión que surgió en otros territorios alrededor de la “unión entre mujeres” en su forma homogénea.
Ese es el hilo deshebrado que se manifiesta en la parte propositiva de esta consigna, donde se evoca a un sujeto político del medio de lo privado, de lo cotidiano, de lo afectivo, y se le dota de una responsabilidad central para la vida: el cuidado.
3.3.Formas autónomas de sentido compartido. Del cuidado en tanto “me cuidan mis amigas”
El eslabón que vincula los dos elementos que se han venido reflexionando con la consigna producida en 2019 es el tema del cuidado, la perspectiva, la acción de cuidar. Cuidar en español es un verbo, relacionado con procurar, resguardar, mantener a salvo. No es casual que se nombre y apele a este en el marco de una disputa como en la que quedó condensada dicha consigna, que ha tomado también la variante de: “La policía no me cuida, me cuidan mis amigas”, pues es una palabra/verbo/idea-fuerza que representa otro momento más de acumulación de aprendizajes y prácticas que la han colocado desde hace algunos años en un lugar de relevancia para el lenguaje de las luchas feministas.
La discusión respecto al tema plantea a grandes rasgos dos derivas. Por un lado, la perspectiva del care de tendencia principalmente anglosajona (Carrasco, Borderías y Torns, 2011, p. 35; Wlosko, 2019, p. 30), y, por el otro, el camino recorrido en relación con la cuestión del trabajo, que es el que se elige para esta reflexión (Vega Solís, 2019, p. 56). Esto en tanto se considera que han tenido un vínculo más fuerte con la lucha feminista, lo que las hace centrales en la historia al hacerse cargo justamente del tema del trabajo doméstico y las mujeres como protagonistas de tal espacio en apariencia fuera de lo revolucionario.
Siguiendo esta línea de la historia del concepto en relación con la lucha, se llega a las discusiones feministas de finales de los años sesenta y principios de los setenta, que colocaron en el centro el tema de “la cuestión de la mujer”, buscando comprender su realidad en el entorno de lo doméstico (Aguilar, 2019, p. 38; Carrasco et al., 2011, p. 31). Fue una época donde a través de los debates con el marxismo, ciertas vertientes del feminismo (Laboratorio Feminista, 2006), aún muy apegadas a una lectura economicista, pusieron en duda la descripción y potencias adscritas al mundo de la producción (Carmona Gallego, 2019). Un mundo concebido como fabril, masculino, etario, y que reafirmaba una separación de los espacios sociales en públicos —donde ocurría la producción—, y privados donde ocurría todo lo demás.
Motivadas por este debate, las intelectuales establecen conceptos como el de modo de producción doméstico, que Cristhine Delphy (1941- ) describe en L’ennemi principal, publicado en 1970. Este concepto se enmarca en lo que más tarde se consolidará como la corriente del feminismo materialista francés. Ella argumenta la existencia de dos modos de producción distintos: el capitalista y el doméstico/familiar. Ambos producen al sujeto mujer como un sujeto como un ente específico y separado de la clase social hombre, debido a su interacción subordinada en ambos modos de producción (Estermann y Bolla, 2021; Molyneux, 2005).
Y a la par de esa reflexión en Francia, procesos como el de la Campaña por el Salario para el Trabajo Doméstico, influidos por la tradición italiana autonomista, hacían otra lectura conjugada con esa apuesta organizativa que se extendió hacia Estados Unidos, Canadá, Francia y Suiza (Sanchez Garcia, 2019). Mariarosa Dalla Costa (1943- ) produce su texto Donne e sovversione sociale en 1971, buscando incitar a la organización de un grupo de mujeres que coincidían en aquella propuesta de la “nueva izquierda”, y que, como Delphy, admitían la importancia en algunos elementos del pensamiento marxista, aunque diferían en otros. En esa reflexión, Mariarosa propone conceptos como el de fábrica social (2009, p. 23), buscando conectar el hacer de las mujeres desde el entorno de lo doméstico con las formas capitalistas de producción-reproducción, que para Dalla Costa constituían de hecho su punto de arranque, dado que en ese espacio se producía aquel elemento que dentro de la dinámica capitalista contenía las posibilidades únicas de producir plusvalor: la fuerza de trabajo.
En ese primer momento, se planteó con fuerza el concepto de trabajo doméstico, vinculado con la idea de la reproducción social. Este enfoque presentaba la reproducción como un proceso específico, negando su separación de la fase de la producción y enlazando así la dinámica capitalista. Todas esas discusiones se van tejiendo entre sí. Unas lecturas se vinculan más claramente con proyectos revolucionarios de izquierda, mientras que otras, aunque también criticaban lo doméstico, surgieron desde la clave liberal. Estas últimas buscaban integrar a las mujeres en el ámbito del trabajo de producción como estrategia para su liberación. El ejemplo más conocido es el de Betty Friedan (1921-2006) y su emblemático libro The feminine mystique publicado en 1963.
Se respondía, así, desde muchos lugares a la inquietud de lo que pasaba dentro del espacio privado del hogar y cómo debía transformarse esa realidad. Este ámbito, tradicionalmente considerado apolítico, comenzaba a resquebrajarse con la consigna de “lo personal es político”.
A partir de debates sobre el trabajo doméstico, la figura del “ángel del hogar” y las críticas a la vida de la ama de casa, surgieron nuevas formas de comprender esta problemática. Se empezó a analizar a las amas de casa como operaias del hogar y a rechazar la “esclavitud” implícita en esa vida. Estas críticas internas de la lucha feminista internacional permitieron una comprensión más profunda del mismo problema.
Se pasó de entender la reproducción como mera cuestión económica a priorizar su forma dinámica, subjetiva, emotiva, material e inmaterial. Reproducir es/fue/ha sido cuidar. Cuidar es un hacer, pero es también, cuando se considera parte de la lógica capitalista, un trabajo.
Un ejemplo de ello es la síntesis que nos presenta Cristina Vega cuando dice:
Alejándose de una lectura restrictiva o mecánica de la “reproducción de la fuerza de trabajo”, se propone una visión enriquecida de la reproducción, que, sin renunciar a la materialidad del trabajo doméstico y de mantenimiento —de ahí su negativa a abandonar el concepto reproducción del feminismo marxista—, entreteje la experiencia social y subjetiva. [...]. (2019, pp. 55-56)
Las discusiones que han seguido al tema del cuidado, y las certezas que sostienen parte de los principios políticos de algunas luchas feministas, están ancladas a esa descomposición y recomposición de elementos ocurridos alrededor del trabajo doméstico en aquella época, derivando en la conexión que aquí interesa con el concepto de cuidado.
Pero también sobre este hay todo menos uniformidad. Es posible encontrar su uso en lecturas especistas, que sólo vinculan el cuidado con la enfermedad y la necesidad humana (Busquets Surribas, 2019), y otras que complejizan más la práctica, aunque igualmente se queden en el espectro de lo humano (Aguilar, 2019, p. 19).
Como se dijo al principio de este apartado, no es casual que la perspectiva del cuidado goce contemporáneamente de una legitimidad política tan contundente, pues representa un aprendizaje acumulado, y aún en marcha, de las luchas feministas. Haciéndose de una legitimidad que ha sido debatida y peleada, y que ha tomado varios nombres.
Cristina Vega (2019) nos ayuda a reposicionar algunos aprendizajes incorporados desde América Latina, donde la noción de cuidado —ella siguiendo especialmente la clave de “lo común”— se ha alimentado desde las experiencias populares urbanas como “las ollas” en la Argentina de 2001, hasta las luchas contra el extractivismo y por el territorio que se vienen enfrentando en varias regiones latinoamericanas. Estas experiencias de lucha refuerzan el sentido del cuidado en relación con la reproducción de la vida y lo comunitario, presentando una comprensión más compleja y holística de la vida.
Sin embargo, una mirada con detenimiento permite considerar que esa idea-fuerza del cuidado, como se ha venido conectando, siguiendo las críticas del trabajo doméstico y de reproducción y la mirada compleja de lo que implica cuidar, tiene en el uso de la consigna que aquí concierne un giro más allá de la discusión de la producción/reproducción.
Es evidente, al considerar el contexto sobre el cual se compone, que es una crítica a los niveles de inseguridad e impunidad que enfrentan las mujeres y otras personas en desventaja, por otros motivos además de la identidad sexo-genérica. Esta contradicción es extrema, puesto que ocurre incluso en ese aparato configurado por el Estado para cuidar: el policial. De esta manera, pareciera que se trata más bien del verbo en su relación con la protección, la procuración y el resguardo de la vida que adquiere un significado muy preciso.
Surgen preguntas importantes: ¿Cuándo aparece esa posibilidad enunciativa en la lucha feminista urbana? ¿Cómo se vincula con el tema del cuidado en un sentido holístico? ¿Por qué su uso no es casual?
La posibilidad de conectar el tema del cuidado, así como ha sido planteado —considerando los aspectos económicos, materiales, medibles, luego también inmateriales, emocionales, inmedibles—, con su acepción más cercana a la protección, al resguardo y la defensa, aparece sólo en el despliegue concreto de la lucha, y representa otro momento de conexión entre ellas. Es una representación específica de la noción de cuidado, posible en los espacios ultraviolentos y las vivencias de ciertas mujeres y otros cuerpos no heteronormados del entorno urbano.
Se nos revela que el cuidado ya no está asociado únicamente a esa serie de procesos de la reproducción de la vida, sino al resguardo de ella como tal. Un resguardo, protección y defensa, que en el caso de las realidades urbanas —como lo es el espacio donde se despliega la consigna que se ha seguido— se relaciona con formas concretas de violencia patriarcal, racial y de clase.
Así, el concepto de cuidar, desde el lenguaje de las luchas feministas, adquiere nuevas dimensiones y nos reconecta con la cuestión de qué hacer o cómo cuidar la vida. Esto no se limita a proporcionar nutrientes, mantener la temperatura adecuada o cuidar los niveles de humedad; también implica estar atentas al bienestar psicoemotivo necesario para enfrentar las muchas tareas del día a día. En este sentido, surge la pregunta: ¿estamos hablando de protección, custodia o incluso violencia?
Parece que en español existe una disociación en el significado de cuidar. Por un lado, se entiende como atender, conservar, administrar, cultivar, mantener, preservar, mirar, curar; y por otro, se asocia con custodiar, defender, proteger, velar, vigilar (todos estos sinónimos de la palabra en español).
La importancia de este posible nuevo desdoblamiento del concepto de cuidado conecta con preguntas fundamentales sobre la vida. Nos invita a reflexionar: ¿Cómo cuidamos de ella más allá de los principios más comunes del término? ¿Cómo nos estamos haciendo cargo de su resguardo en el marco de un contexto de ultraviolencia, con despliegues materiales de fuerza sobre cuerpos concretos? ¿Cómo nos cuidan las amigas?
Palabras finales para no cerrar la discusión
Construir el camino para lo acontecido en Ciudad de México en 2019 no fue fácil. Nada pareció tan obvio, aunque entendía el sentido pleno de la consigna. Por ello, fue muy útil partir de las palabras mismas que construyen la oración. Cuidar. Amigas. Policía. Esa premisa básica y concreta me guio, haciéndome posible atravesar territorios y tiempos. Entender lo dicho en relación con otras historias, reafirmando esa imagen caótica que alguna vez me ayudó a describir como me imagino la genealogía benjaminiana.
No hay una predeterminación entonces en la relación entre pasado y presente. No se corresponden en una línea directa. La genealogía pensada desde Benjamin, es más quizá el cultivo de un tubérculo, como la papa, que de un árbol que va en vertical. Porque los hilos del tiempo, las sensaciones e inspiraciones, se construyen casi aleatoria y azarosamente [...] (Sanchez Garcia, 2019, p. 11)
La propuesta en esta investigación ha sido seguir un rastro, guiado por una de las expresiones de las luchas feministas latinoamericanas actuales en el marco del enclave urbano. Entendiéndola como expresión de una intención y capacidad autonómica de disputa de sentidos en múltiples escalas. Así fue como se retomó esta consigna, como despliegue oral-escrito de lo offline/online, como condensado de deseos-contradicciones, dando cuenta de formas ampliadas de esa |potencia renovada. Reconociéndola como un espacio para el análisis crítico desde donde retomar nuestro pensamiento y hacer.
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[1] Este artículo expresa parte de lo plasmado en mi tesis doctoral “Gritos que contienen deseos. Aproximaciones al devenir de las luchas feministas urbanas latinoamericanas a través de sus consignas” (2024).
[2] Doctora en Sociología por el ICSyH-BUAP. Investigadora con interés en luchas y pensamientos feministas, y movimientos revolucionarios tanto de América Latina como de otros territorios.
ORCID 0000-0001-7507-4440
[3] Aquello que de entre muchos otros nombres se evoca aquí como “feminismo latinoamericano”, se concibe como parte de las tradiciones de pensamiento que han venido resquebrajando el paradigma universalizante que un cierto feminismo en su devenir colonial –consciente o inconsciente– ha querido establecer. Tal ejercicio de fuerza se ha compartido con el pensamiento feminista chicano, el feminismo negro norteamericano, el africano, la lucha feminista islámica, la asiática, etc. (Medina Martin, 2013).
[4] Me refiero al paro convocado por las mujeres de Polonia, también en octubre de 2016, a razón de que el gobierno pretendió reformar la ley concerniente al acceso al aborto en dicho país, y que con su movilización lograron frenar.
[5] Guerrilla peronista activa en Argentina durante la década de los años 1970.
[6] Hablo de traducción porque son versiones distintas entre sí de un mismo momento. Es decir, cada una se ciñe a los códigos de las formas del lenguaje en el que se expresan, no siendo igual la oral, la escrita o la online, pero todas conectadas entre sí.
[7] Aracely, madre de Lesvy Berlin Rivera Osorio asesinada a los 22 años. Su cuerpo se encontró dentro de Ciudad Universitaria, el campus central de la Universidad Nacional Autónoma de México, el 2 de mayo de 2017.
[8] https://twitter.com/subversionesaac/status/1161009469658148865 [Consultado el 13 de agosto de 2022]
[9] https://twitter.com/subversionesaac/status/1161010645204131842 [Consultado el 13 de agosto de 2022]
[10] Aquello que de entre muchos otros nombres se evoca aquí como “feminismo latinoamericano”, se concibe como parte de las tradiciones de pensamiento que han venido resquebrajando el paradigma universalizante que un cierto feminismo en su devenir colonial –consciente o inconsciente– ha querido establecer. Tal ejercicio de fuerza se ha compartido con el pensamiento feminista chicano, el feminismo negro norteamericano, el africano, la lucha feminista islámica, la asiática, etc. (Medina Martin, 2013).
[11] https://twitter.com/subversionesaac/status/1161010645204131842 [Consultado el 13 de agosto de 2022]
[12] Transmisión en Facebook “Diálogo Cero Impunidad...” [Consultado el 13 de agosto de 2022]
[13] El caso de Trayvon Martin es ejemplo de otras vidas desplazadas por la hegemonía que también se enfrentan al escrutinio de sus acciones en un intento por justificar que sus vidas no valgan.
[14] Algunos ejemplos son más fáciles de encontrar en el continente europeo, donde la lucha antifascista se tiene que posicionar así ante la carga histórica, lo que facilita su ubicación ante los nuevos giros identitarios para encubrir sus políticas de odio. Sin embargo, en América Latina también existen ejemplos de momentos donde se han presentado en movilizaciones feministas. Dejamos sólo uno de ellos: 2018. Repudio transversal por violenta agresión que sufrieron mujeres en marcha por aborto libre. Chile. [Consultado el 6 de octubre 2023]
[15] Aunque es fuera del territorio que aquí nos ocupa, se menciona uno de los casos más fuertes en España. El asesinato de Carlos Palomino en 2007, a mano de un militar de tendencias fascistas. Cada año se sigue conmemorando su muerte, y es su madre Mavi Muñoz quien, como en muchos otros casos, sostiene su memoria Entrevista a Mavi madre de Carlos Palomino. Está actualmente organizada con el grupo “Madres contra la represión”, que se dice explícitamente antifascista y anticapitalista.
[16] Este articulo puede ser de interés para ello: https://www.mic.com/impact/yiddish-music-protest-daloy-politsey